14 de octubre de 2015

Algunos apuntes sobre poesía


Recordemos amigos que se escribe porque se tiene que escribir. Porque se está enfermo de poesía y porque también se tiene la secreta y bien humana esperanza de ser algún día reconocido, por la calidad de sus escritos.
Pero primero digamos que se es poeta porque se es poeta. Y nada más.
No hay que escribir poemas para convertirse en poeta. Hay primero que ser poeta, la poesía viene sola después.
Quien no ve la poesía como una verdadera diosa, quien no se sienta irresistible y aterradoramente tentado por sus deslices y secretos, no puede ser un poeta.
La poesía les duele a los poetas, como un aguijón.
Ella los desvive, los impulsa, los desnuda, los consume, los inquieta. Es una compañera atroz.
En el fondo la poesía es el producto de una gran confabulación: la confabulación entre la palabra y el poeta.
Ni el poeta ni la palabra hacen poesía separados el uno del otro.
La palabra está cargada con poderes propios, pletórica de vida, y el poeta es el instrumento que la descarga y armoniza.
Así no cabe, por ejemplo, proponerse escribir una oda a esto o a esto otro, porque en ese caso se trata solamente de ejercer un oficio, y el oficio solo no basta para que la poesía nos visite.
La verdadera poesía siempre se escribe de a dos: entre la palabra y el poeta.
Es un dejarse ir para encontrarse, un acto mágico y maravilloso que es capaz de mostrar la vida tal cual es.
Esa es la mística.
Luego viene la transpiración. Ese trabajo frío y arduo sobre el poema; ese quitar todo lo que sobra y agregar lo que falta. Porque casi siempre mucho sobra y algo falta.
Alguna vez afirmé que la poesía era una cuchillada directa al corazón, porque los verdaderos poetas saben que la poesía no es un juego.
Puede que la poesía sea impopular y hasta completamente absurda e inservible para muchos, pero un juego, eso nunca.
Para los poetas la poesía y el aíre son lo mismo. Ella transgrede y supera todas las urgencias, porque es casquivana y celosa como una mujer que quiere ser siempre la primera y la única.
Ella quema a quien toca y lo transforma.
En ella la vida se revela y se muestra siendo tal cual es. No es explicativa, ni siquiera razonable.
Es sugerente, ella se recrea al sugerir.
Y en realidad no tiene ninguna función práctica.
Es intrínsecamente inservible.
Pero es, eso sí, la vida misma que se ofrece al que quiera recibirla y esté dispuesto a vivirla.
Además, no tiene apellido ni mucho menos alcurnia.
Es simple y salvaje como ella misma.
Así que, ¿qué quieren los poetas? ¿Escribir poesía?
Que confabulen con la palabra.
Que escuchen lo que ella tiene que decirles.
Que transpiren podando sus poemas.

Que vivan estoica y valientemente el dolor que ella produce y se complace en producir.
Lo demás son cuentos de gato.

Cuentos de vieja.


Ernesto Langer Moreno

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