13 de julio de 2015

El escritor y su escitura


Se trata de un verdadero enigma, una insondable expectativa sobre el arte de decir lo indecible. No todos escriben por las mismas causas ni por idénticas razones; algunos escritores arguyen que escriben por razones inexplicables, no saben a qué extraña razón atribuirle tan raro oficio. Quienes escriben “no saben” a ciencia cierta por qué lo hacen. Múltiples y variadas razones concurren en el acto de confeccionar cuartillas en torno a temas tópicos y trascendentes. Porque de hecho las grandes obras clásicas de la literatura universal se nutrieron de la esencia última de la cotidianidad. Lo más trascendental que ha ocupado la atención de la humanidad, en su accidentado devenir histórico, ha partido de la vida diaria de las naciones, pueblos y civilizaciones. A la pregunta de ¿por qué escribe usted?; resultan tan complejas como inéditas respuestas. Tal pareciera que algunos escritores asumen la escritura como terapia psicológica, como praxis exorcística. En algunos escritores escribir resulta un saludable ejercicio de desfascinación; escriben para resguardarse de los falsos brillos de la realidad. Quién sabe si hasta lo hacen para contrarrestar el poder encantatorio que ejerce la realidad sobre el escritor mismo. Para otros escribir representa una vía de escape ante tanta asfixia y tanto exceso de realidad. Como dijo el doctor de la desesperación, Emile Cioran: “ponedme las cadenas de la ilusión porque tanto exceso de realidad me da náusea”. Se trata de combatir fieramente los encantos seductores de la realidad real produciendo otra realidad más noble y más vivible que la que nos impone la poderosa fuerza del hábito y la costumbre. Se trata, en el fondo, de salir del estado de animalidad salvaje en que hemos estado sumergido desde épocas inmemoriales: Se trata exactamente de ello, de allanar un camino tortuoso y difícil _el de la escritura_ que nos puede obviamente llevar a la locura o a la muerte, pero que también, _ex aequo_ nos puede conducir a la redención o emancipación de nuestras pulsiones vitalistas existencialmente más elevadas y sublimes. Se trata, entre otras innumerables razones, de salir de la inferior condición de homo faber y acceder al estadio superior del hombre genérico sapiencial. El egregio nihilista alemán Federico Nietszche definió esa condición humana como el superhombre. Decía el eximio maestro de la literatura universal Jorge Luis Borges que lo más real del mundo de la vida procede del universo de la imaginación. De tal manera que entre ficción y realidad existe una inextricable relación de dialogicidad y reciprocidad; una requiere de la otra para poder legitimarse, porque; cómo puede el sueño reclamar sus atractivos si no se realiza a expensas de su antítesis complementaria, es decir, la realidad. La dialectización entre mundo de la vida y universo ficcional es constitutiva de ambas esferas de lo real.
La inmensa escritora Virginia Woolf quería un cuarto propio desde donde pudiera reconstruirse su propio e intransferible modus vivendi. Por lo que se infiere el intransferible carácter individual del acto de escribir; no hay nada tan privado, salvo el coito, como el arte de escribir. No está de más acotar que el paroxismo orgásmico también es una de las bellas artes y pide su práctica como tal. A como dé lugar el escritor busca crearse su íntimo universo. A guisa de ejemplo bien ilustrativo, Alfredo Bryce Echenique, esa gloria viviente de las letras peruanas, edificó Un mundo para Julius dando prueba del anterior aserto. La capacidad de inventar mundos paralelos en el escritor es lo más parecido a los poderes ilimitados de “los reyes taumaturgos”. ¿Qué mundo más abigarrado y pródigo que “A la búsqueda del tiempo perdido” del inigualable Marcel Proust? Creo que difícilmente se pueda concebir una prodigalidad ostentatoria más prolífica en matices y detalles que la extensa y dilatada obra proustiana. Prueba del afán tesonero que implica querer fundar otro mundo, otro cosmos, otra realidad, en fin.
Escribir es comenzar a zapar subterráneamente la lógica que sustenta el tejido discursivo del mundo. Se escribe para mostrar un desacuerdo fundamental con lo instituido. Escribimos para poner en evidencia una contradicción que precede al ser; incluso a todo lo que respira. La escritura como disidencia, como contradiscurso heterodoxo; pensar la escritura como doxografía que enmienda el texto del mundo y descoloca la palabra oficial recusando sus aristas más encandilantes, no iluminadoras. Sí, porque toda palabra oficial “encandila pero no ilumina”, lo cual quiere decir que la palabra cuando se instituye y se hace gubernativa pierde su eficacia redentora y conviértese, ipso facto, en bambalina huera y desteñida, inflada de eufemismos y retóricas vacuas.

Rafael Rattia

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