8 de mayo de 2015

El corazón en la era digital

10 de diciembre de 1950. Estocolmo (Suecia). Temperatura invernal y mucha nieve. El escritor norteamericano William Faulkner va a pronunciar su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura.
Empieza su discurso con una llamada de atención, en un tono aparentemente negativo: “Pienso que hoy ya no parecen quedar asuntos propios del espíritu humano. Quizá por eso, los jóvenes artistas escritores han olvidado que los asuntos del corazón humano, en conflicto consigo mismo, son los únicos capaces de generar buena escritura, porque constituyen lo único sobre lo que merece la pena, la agonía y la dulzura de escribir”. Y es que, cada vez que los poetas se atreven a mojar la pluma en sus propias venas, nace un nuevo orden en el mundo del arte. Entonces, todas las limitaciones saltan, hechas pedazos. En cambio, las máquinas que pretenden hacer computable la creatividad, siempre necesitan tinta. Porque, aunque parezcan inteligentes y sean muy digitales, en cualquier caso no tienen corazón ni sangran. Ni son capaces de soñar ni de imaginar mundos futuros, como Julio Verne o Asimov, o acontecimientos pasados.
Faulkner sigue diciendo, imperturbable: “Los jóvenes tienen que volver a aprender de nuevo esto mismo”. “Si no, en vez de escribir sobre el amor, escribirán acerca de la lujuria. En vez de escribir con el corazón, escribirán con sus glándulas”. Si queremos seguir hablando de hacer arte, lo tendremos que seguir haciendo nosotros, con la mochila de nuestras ilusiones al hombro, muchas veces cansados. Porque aunque no seamos tan inteligentes como algunas máquinas simulan ser, estamos vivos y sangramos. Viven y palpitan cada una de nuestras cien mil millones de neuronas.
El Premio Nobel de Literatura de 1950 sigue leyendo su discurso de aceptación del galardón y cambia de tono: “Creo que el ser humano es inmortal, no solo porque entre las demás criaturas tiene una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de fortaleza. La tarea del poeta es precisamente escribir de estas cosas”. También de explorar y exprimir el inagotable corazón humano, que no solo no es un disco duro, sino que ni siquiera es una glándula. Ni nunca lo ha sido ni nunca lo será. Es un hálito espiritual, capaz de todas las grandezas que uno pueda pensar. Y de las que ni siquiera concebimos. Gracias a Dios.
El escritor norteamericano agregó que es un “privilegio” del poeta “la capacidad de poner a punto su corazón, recordando el coraje y el honor; y la esperanza y el orgullo; y la compasión y la piedad y el sacrificio, que han sido la gloria de su pasado”. Los hombres de a pie necesitamos que nos aguijoneen, para sacar de nuestro interior lo mejor de nosotros mismos. Para que no rebajemos lo bueno, lo verdadero y lo bello solo a aquello que cuesta mucho dinero.
Lo ha dicho Susanna Tamaro en Donde el corazón te lleve y ha conectado con más de ocho millones de lectores, contra el viento y la marea de la crítica: quizá hablaba de exigentes virtudes bíblicas, a la altura de quiénes somos y podemos atrevernos a ser. Si contemplamos despacio un paisaje o una flor comprenderemos que no caben en la maraña de puntos que genera un scanner, por muy sofisticado que sea. Tampoco la foto de bodas de mis padres que, si padece de humedades, es porque tiene vocación de río, como el amor. Porque no hay en el mundo CD suficientes para contener las nanas de una madre: aunque sean breves y las cante en voz baja.
Por eso, cuando la tinta negra se escurre del pelo de marta y penetra en el cuerpo níveo del papel, las impresoras se ponen de rodillas. La trampa digital trata de reducir la realidad a la cárcel cuadriculada de Descartes. Pero las caricias y los besos escapan, furtivos, al zarpazo de tanta simplificación. También las lágrimas. Para que los poetas no se queden sin trabajo en la era digital.

Luis Olivera

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