1 de abril de 2015

Cómo seducir al lector

Me parecía que había que activar de tal modo la prosa para seducir al lector y distraerlo de la conciencia de que se le robaba su tiempo, digno de mejores tareas, que concebía el acto de lectura con la siguiente escena: golpeo, abro la puerta, dejo el cuento en manos del lector, me doy vuelta, arranco y retorno hacia el final a espiar por una rendija cuál fue su efecto. Cortázar, en su interesante ensayo "Algunos aspectos del cuento", definió su técnica. El cuento tendría que ganar por K.O. Si me propusiera acotar mi intención también en términos pugilísticos, tendría que decir que yo aspiraba, en cambio, a empatar o bien perder _como el seleccionado chileno de fútbol_ honrosamente. The knack: meter cuanto antes al lector, con lenguaje identificable y situaciones familiares, en una especie de “historia”. Alcanzado este punto con la mayor economía posible, la propuesta estética es desarrollar la narración como una búsqueda de ella en que tanto yo como mi lector tengamos la sensación de que no sabemos a dónde vamos. De allí que en ellos suceda poco. Más que por acumulación de hechos, se caracterizan por un masivo tanteo de cada instante, al cual se acosa para que “suelte” su “verdad”. En este empeño el lenguaje puede apelar a recursos alegóricos, brutalmente realistas, infracoloquiales, a imágenes del mundo pop, a citas pertinentes de otros autores sin aviso previo, a capciosas falsificaciones de ellas. Lo que cuenta es que la composición de las imágenes sea de tal explosividad que conduzca al lector a distraerse, en el buen sentido, del simple relato de peripecias, sin escamoteárselo del todo. Para este juego dialéctico, el amor que tengo a la economía en la estructuración de un relato y su marcada intención hacia su cercano fin, tantas veces amada en Hemingway, Chejov, Borges, me obliga a vigilar el arrebato y a mantenerlo dinamizado en el rigor de la anécdota. Este criterio lo aplico aun en cuentos tan fantásticos como “París” y “Profesionales” de mi libro “Tiro libre”. El acecho con las imágenes _criterio sagrado, sí_ debe estar al servicio de la “verdad” del suceso y nunca ser meramente ornamental. Esta es la diferencia clave entre un narrador que se nutre de la lírica, y un poeta que se rebaja a la prosa. Por tanto, mis cuentos arrancan de la cotidianeidad, despegan de ella, vuelan a distintas alturas para verla mejor y comunicar la emoción de ella, y retornan humildes al punto de partida con humor, dolor, ironía, tristeza, según como les haya ido en la peripecia. Son _para parodiarme antes que otro lo haga_ cuentos aviones: despegan, vuelan y aterrizan.
Esta preocupación por los modos de acceso al lector y su activación es también una meditación consecuente de la nueva narrativa y también de la lírica. En las etapas más recientes, esta se profundiza con el estímulo de los pioneros de esta búsqueda: Vargas Llosa, Cortázar, Parra, Cardenal, entre otros.
El efecto ideal de mi relato tal vez pudiera formularlo así: el lector y yo compartimos una fugaz experiencia en un mundo efímero, acelerado y lamentablemente violento. En este breve momento, se da para mí todo el fenómeno de la literatura.
Fragmento de Antonio Skármeta, Por sí mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cualquier opinión inteligente, relacionada con el tema de cada post y expresada con educación, será bien recibida. El resto, se suprimirá.